La foto fija en cine suele percibirse como un trabajo relajado en comparación con otros puestos del set, pero es mucho más compleja de lo que parece. No trabajamos con una luz propia: nuestro ojo debe adaptarse a la luz del cinematógrafo, entenderla, leerla y apropiársela sin intervenirla. Ahí entra el conocimiento técnico, la observación y la experiencia. En ese proceso ocurre la verdadera magia de la foto fija en set.

Mi mirada documental se formó en mis primeros años haciendo fotografía política, en la fotografía social y en el trabajo personal. Se nutre de las galerías que visito, de los libros que me inspiran y de una pasión profunda por contar historias con imágenes. Esa pasión es esencial para sostener las largas jornadas de un set de cine: sin ella, el trabajo se vuelve mecánico; con ella, cada imagen tiene sentido.

Trabajo desde la libertad de mirar desde el ángulo que cada situación pide. Utilizo una cámara mirrorless que me permite disparar durante las tomas sin interferir en el set, incluso en escenas de gran cercanía. Recurro a la cámara análoga cuando encuentro momentos que me sorprenden y siento irrepetibles, y al iPhone cuando la inmediatez es clave.
El dispositivo es secundario: lo esencial es no perder el instante. La herramienta no le quita valor a la imagen cuando la intención y la mirada están claras.
